lunes 6 de septiembre de 2010

Viaje a Polonia: Intersección cultural


Fascinante y simbólica desde el principio, la patria de Copérnico nos motivó positivamente desde la llegada, una tierra que hace recapacitar sobre el pasado reciente.
A pesar de ser temprano el aeropuerto fue mero trámite y sin darnos cuenta nos encontrábamos ya en la capital a orillas del enorme Vístula. Nuestro guía local, Jorge, nos hizo pasear por los mejores rincones de la ciudad descubriendo, entre explicaciones, las luces y las sombras de los acontecimientos allí sucedidos. El casco histórico, la Plaza del Mercado, el Castillo Real… el Gueto y su amargo recuerdo.
La aventura continuó por la bella Torun en donde descubrimos quienes eran los Caballeros Teutónicos, entramos hasta la cocina en la casa natal de Copérnico y aprendimos sobre la leyenda de por qué las ranas de la ciudad se fueron a Francia con un violinista, los franceses estarán seguro muy agradecidos.
La pequeña ciudad de Czestochowa se quedará en nuestras retinas para siempre al haber podido ver muy de cerca a La Virgen Negra de Jasna Gora. Supimos por que existen iconos de Vírgenes negras como este de la Reina de Polonia, y pudimos acceder a las entrañas del complejo gracias a la mejor monja polaca que hayamos podido conocer: Teresita. Difícil de olvidar.
Un dragón muy poco peligroso nos abrió las puertas en la antigua capital de Polonia. La monumental Cracovia fue con diferencia el punto álgido del viaje y en donde más rápidamente se nos pasó el tiempo. La colina de Wawel con la bellísima catedral y Palacio Real, la Plaza del Mercado con los puestos dentro del Mercado de los Paños y por supuesto el trompetista de la Iglesia de Santa María vendrán a nuestra mente cada vez que oigamos el nombre de esta ciudad. Y entre toneladas de sal de caprichosas formas pudimos vivir una divertida experiencia en ascensor minero dentro de las espectaculares Minas de Sal de Wieliczka, con sus capillas y salas trabajadas durante siglos por los mineros. El paso por Auschwitz fue más amargo, pero igualmente necesario para poder ver lo mejor y lo peor de la creación humana.
La llegada a los montes Tatras mereció sin duda la pena para poder ver la maravilla natural que supone poder bajar en barca de madera por el río en un paisaje de película. Al final nos esperaba la ciudad alpina de Zakopane y su queso montañés a la parrilla, la mejor recompensa.
Todo lo bueno tiene que acabar, pero el broche final fue de categoría cuando entramos en la bella ciudad de Wroklaw, la de los mil nombres a lo largo de la historia. Su Plaza del Ayuntamiento, la Universidad, la catedral y sus enanitos escondidos por toda la ciudad hicieron las maravillas de más de uno.
Siempre queda la esperanza de poder repetir o reencontrarnos de nuevo para seguir igual de agusto en nuevos destinos.

Con cariño Jaime y Raquel.
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